
CUENTO DE NAVIDAD
LOS ABRIGOS
Había una vez una niña muy pobre; pero que muy pobre. Fijaos si era pobre que los únicos guantes que tenía estaban agujereados por todos los lados. Bien, pues como os decía esta niña vivía con sus cinco hermanitos y su madre en una pequeña casa hecha con tablas y cartones. Su padre las dejó abandonadas de la noche a la mañana y pronto se vieron abocadas a la miseria. Disponía de muy poca cosa para comer y, aunque su madre se pasaba todo el día fuera realizando faenas en otras casas, no les llegaba ni para una taza de caldo.
Laura, que así se llamaba la niña. mientras la madre estaba fuera cuidaba de sus hermanos. Apenas iba al colegio y muchas veces la asistenta social venía a buscarla para que asistiera a clase; ella no quería porque sus hermanitos se quedarían solos. La situación era penosa y la madre no podía hacer nada para mejorarla, porque no disponía de medios para que alguien atendiese a los niños; ella apenas disfrutaba de tiempo para estar con ellos. Un día, los servicios sociales consiguieron encontrarla y le pusieron un ultimátum. Los niños no permanecerían solos ni un día más o no tendrían más remedio que llevárselos. Juani comenzó a llorar, ¿qué haría ?, no podía perder a sus hijos...
La navidad se acercaba y las calles presentaban sus mejores galas para esas fechas tan señaladas. Era veintitrés de diciembre y Juani decidió salir a pasear con sus cinco hijos. Los vistió, los peinó y con la cabeza muy alta, todos de la mano, comenzaron a andar por todas aquellas calles tan bonitas. Los niños abrían los ojos como platos, embobados por aquella sensación que les invadía de felicidad; pero pronto el frío les empezó a calar los huesos y la felicidad empezó a empequeñecer. Sentados en un banco, observaban todo aquel espectáculo, tan absortos estaban que no se fijaron que un joven se sentó junto a ellos, con una bolsa en la mano de unos grandes almacenes.
—¿Parece que su hijos tienen un poco de frío?
La mujer reaccionó asustada
—Bueno, es que aquí sentados se queda uno helado.
El hombre, que vio como los pobres niños iban vestidos, reaccionó rápido.
—Si me permite les voy a hacer un regalo; no hay para todos, pero eso lo solucionaremos.
Sacó de la bolsa dos abrigos recién comprados y se los dio a los niños. La mujer lo miró con sorpresa:
—No, no lo puedo aceptar, seguro que son para sus hijos.
—Lo ha adivinado. No se preocupe, ellos lo necesitan más, y ahora acompáñeme que los otros tendrán el suyo.
Aunque al principio se resistió, la mujer después aceptó y se acercaron al gran almacén donde aquel señor les compró abrigos para todos. Después los convidó a tomar un chocolate. Allí sentados la mujer le cogió confianza y comenzó a explicarle su situación. Resultó que aquel hombre era ni más ni menos el dueño de una fábrica de ropa; tenía dos hijos y su mujer hacía dos meses que había fallecido, lo tenía todo; sin embargo, era la persona más infeliz de la tierra, hasta el momento en que vio a Juani con sus cinco hijos abandonados a su suerte. Necesitaba hacer algo por ellos; primero fueron los abrigos, y no todo se iba a quedar allí en un simple gesto, le buscaría un trabajo a su madre en la fábrica y, con lo que ganase, ayudándole él un poco, contrataría una canguro para que llevara y trajera a los niños de la escuela.
Aquella madre no podía creer lo que le estaba pasando; no le quitarían a sus hijos, y todo por ese hombre; porque, aunque parezca mentira, aun quedaba buena gente en el mundo. Sí, a partir de ahora estaba segura, su vida tomaría un rumbo mejor hacia el futuro.