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sábado, 29 de noviembre de 2014

LA PERSIANA

Relato dedicado a mi suegra, en memoria de su padre.






Hacía un año que mi padre marchó a la guerra. Creía que no le tocaría, era muy mayor; pero sí, la quinta del saco se fue a la batalla del Ebro y desde entonces no sabíamos nada. Mi madre la pobre se las apañaba como podía para darnos de comer, las vecinas nos ayudaban y alguna incursión a huertos colindantes nos quitaba el hambre de encima. Los bombardeos no cesaban y el miedo provocaba colas para ir al baño.

Un día mí madre salió a buscar una garrafa de vino y nos dejó solas, al poco rato comenzaron a sonar las alarmas que avisaban de los bombardeos. La vecina nos avisó, entonces saltamos por la ventana a su patio, y nos escondimos debajo de las camas. Cómo silbaban aquellas bombas, era horrible, y esta vez una estalló en la calle de al lado, fue de un pelo.

Cuando regresó mi madre, nos llamaba asustada, menos mal que la vecina enseguida le dijo que nos encontrábamos bien. Después de esto nos trasladamos durante unos días a Santa Coloma, aquí no bombardeaban como en Sant Adrián, no había fábricas tan importantes. Estuvimos bien; sin embargo deseábamos regresar a nuestra casa.

Las últimas noticias de mi padre era que se encontraba en un campo de concentración de Huesca, no sabíamos lo que pasaría en el futuro. La guerra había acabado; pero no nuestras penurias, el racionamiento, cada día un paquete de arroz y otro de lentejas, incluso a veces menos. Uno de esos días, mientras comíamos, oímos que se subía la persiana de fuera y mi madre dijo:

–Parece la forma de abrir de tu padre.

Salimos las tres a averiguar qué sucedía, y cuál sería nuestra sorpresa cuando, rodeado de un  halo de  luz que el sol filtraba por la ventana,  surgió mi padre, parecía una aparición. Mi madre dio un grito y sin pensárselo se tiró a sus brazos llorando. Mi hermana y yo sólo mirábamos y esperábamos que acabaran para obtener nuestra parte de cariño. El pobre mostraba un aspecto horrible, muy delgado y sucio; pero nos daba igual, había regresado sano y salvo.

Después de darse un buen baño y una buena desinfección de todo tipo de parásitos, en el cubo grande que le preparó mi madre con abundante agua caliente, nos volvió a abrazar y nos empezó a contar todas las penurias que pasó en ese campo de concentración. Los dejaron libres, aunque ahora comenzaba otro camino incierto que no sabíamos que nos depararía; al menos por fin se había acabado la guerra, que era lo que en esos momentos de verdad importaba.




4 comentarios:

Tracy dijo...

Tremendo relato.
Te honra el dedicárselo a tu suegra, a ver si se rompe la fama que tienen de llevarse mal con ellas.

Carmen Andújar dijo...

En mi caso me llevo muy bien con ella, es muy buena mujer.
Gracias Tracy por tus palabras.
Un abrazo

Juan Carlos dijo...

Me ha emocionado. La reaparición no puede estar mejor contada, primero por el sonido de la persiana, luego apareciendo su imagen poco definida por el efecto de la luz.
Con los pelos de punta y la sonrisa que me deja el reencuentro, te mando un fuerte abrazo. Dáselo de mi parte a Andrés y a su madre.

Carmen Andújar dijo...

Gracias Juan Carlos. Lo hice con el máximo cariño hacia ella, y fue muy emotiva la lectura.
Un abrazo