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martes, 1 de julio de 2008

Un rincón inolvidable


Allí, en lo alto de aquella montaña me sentía tan pequeña... Miraba, y todo eran cadenas de cordilleras inacabables. Cogí mis pinturas y empecé a plasmar lo que veía, aunque me iba a resultar imposible reproducir tanta maravilla junta: tantos colores..., matices...; tantos, que probablemente me iba a quedar corta. Me había traído las acuarelas, una técnica para la que me bastaba un poco de agua, un bloc de dibujo y unos pinceles. Empecé primero por los tonos oscuros, sombras, tierras, azul de Prusia; y después los claros, azul cyan, verde esmeralda, ocres amarillos. Poco a poco aquello iba tomando forma. Al lado mío, mi hija, que entonces contaba con siete años, se puso a imitarme y también intentaba dibujar lo que veía. Se lo pasaba de fábula mezclando todos los colores e impregnando el papel con toda clase de tonos imitando los árboles, las montañas y alguna casa aislada que se divisaba en primer y segundo plano. El día aparecía despejado, sin apenas nubes, el cielo mostraba un azul intenso muy parecido al agua del mar cuando está limpia y cristalina. Yo no sé muy bien qué es la felicidad; pero en ese momento creo que la sentí. Me encontraba sumergida, como aislada del mundo, totalmente arrollada por unos sentimientos que surgían de mi interior y afloraban como una cascada hacia el exterior de mi persona y me empujaban a querer expresar aquella emoción de alguna manera; y qué mejor que con lo que sabía hacer, la pintura. Estaba absorta en aquella creación que salía de mis manos. Los árboles tomaban forma y volumen, el esqueleto de las ramas se incrementaba hasta completar toda la estructura. Con un pincel más pequeño daba unos pequeños toques que intentaban imitar las hojas que cubrían el ramaje. El primer plano ya estaba listo y ahora tocaba pintar el segundo. Intentaba encontrar aquellos colores más neutros y más agrisados, para que todas las montañas y árboles de este plano se alejaran y no restaran importancia a todo lo que teníamos más cercano. Me sentía bien, estaba consiguiendo encontrar los matices y tonos adecuados para representar la atmósfera y el ambiente que me rodeaba. Tan absorta en mi trabajo, apenas miraba el de mi hija que, como yo, disfrutaba de aquella experiencia tan singular; para ella representaba todo un divertimento y con él se encontraba completamente ensimismada. Después de mirar varias veces mi obra, por fin decidí darla por concluida. Me alejé un poco del cuadro y me sentí satisfecha. Verdaderamente el ambiente que me envolvía había quedado reflejado en aquel cuadro. Mientras yo observaba con satisfacción la labor realizada, mi hija me tocó por detrás y me dijo: —Mamá, yo también he acabado. Cogió su cuadro y lo puso al lado del mío. Lo miré y mi sorpresa fue inmensa. No podía ser, aquello sí que era una obra de arte. Los colores, sí, los colores con que mi hija había plasmado el momento conseguía reproducir todo el ambiente mágico de esas montañas que nos rodeaban. No se veían árboles bien hechos, ni cordilleras perfectamente delimitadas; aunque no hacía falta, ni mucho menos, los trazos y matices conseguidos nos daban una idea clara del lugar donde nos encontrábamos. Felicité a mi pequeña, cerré mi bloc y cuando llegué a casa le puse a su cuadro un precioso marco y lo colgué en mi habitación. Cada vez que empieza un nuevo día, miro aquella obra y me acuerdo de aquel rincón precioso que nunca, nunca olvidaré.

4 comentarios:

Teresa Cameselle dijo...

Yo también tengo una hija que dibuja mejor que yo, y escribe relatos, y poesías... Claro que yo no pinto, aunque me encantaría.
Muy bonito tu blog. La muñeca del cuadro me ha recordado a otra amiga "virtual" catalana, que adora esas muñecas.
Y el relato de tu casa de cuando eras pequeña ya ha sido el remate, porque la mía también tenía un patio con pozo.
Curiosas coincidencias.
:)

Carmen Andújar dijo...

Gracias por tu comentario Teresa. Ya es casualidad la verdad que tú también tuvieras un pozo en tu casa.
En cuanto al cuadro de la muñeca, siempre me gusta recordar la infancia y plasmarla en mis escritos y cuadros

Juan Manuel Rodríguez de Sousa dijo...

Bueno Carmen,

Este escrito tiene algo muy tierno, quizás nos haga recordar que siempre es bueno valorar cualquier acto de creación en la infancia. A mí me ha recordado de cuando dibujaba algo y no obtenía ni siquiera un halago.

Bonito,

Un saludo,

Juanma

Carmen Andújar dijo...

Tienes razón Juanma, cuando somos pequeños siempre nos gusta que nos digan alguna cosa buena de lo que hacemos. La verdad es que me sorprendió lo rápido que acabó el cuadro y el resultado final.
Gracias por tu comentario.