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Por fin había llegado el día en que volvía a Cataluña. Una sensación extraña invadía todo su cuerpo, por una parte deseaba regresar, y por otra, dejaba tantas cosas allá, que le estaba costando más de lo que nunca hubiera pensado. Tres años hacía desde que decidió marcharse a París a acabar sus estudios de Bellas Artes. Siempre pensó que La capital francesa era la cuna del arte, y la verdad es que no le decepcionó en absoluto, tanto por lo que pudo aprender, como por el descubrimiento de todo el arte que le rodeaba. Estuvo trabajando al lado de los pintores de Mont Matre, y se instruyó mucho a su lado, absorbiendo toda la experiencia que arrastraban, y por lo que respecta a la facultad, conoció a gente muy interesante, con los que compartió conocimientos y porque no decirlo también diversión. Aunque al principio le costó bastante separarse de su familia, poco a poco se fue acostumbrando a aquella residencia en la que tuvo el placer de conocer compañeros de muchos lugares del mundo, y algunos se convirtieron en verdaderos amigos. Ahora, a lo que nunca se pudo habituar, fue al clima, porque día si y día también llovía. ¡Como echaba de menos su clima Mediterráneo!, con sus días de sol, y su playa, sobretodo su playa. Creía que jamás se podría acostumbrar a vivir lejos de su pueblo; pero poco a poco lo había conseguido. En estos momentos se encontraba en la estación de tren; sin embargo su mente volaba a los días y meses pasados, con todos los acontecimientos que habían influido en su vida. No quiso que vinieran sus amigos a despedirse, no lo podría resistir, seguro que lloraría a lágrima viva y se sentiría mucho peor.
El viaje lo hizo de noche, ya que pensó que así podría dormir; pero se equivocó, la noche estuvo llena de pequeños sueños y pensamientos, que no la dejaron descansar. A su mente venían imágenes e imágenes de todas sus vivencias en París. Se adormilaba un poco y se volvía a despertar, hasta que por fin el tren llegó a Girona, allí le esperaban los autobuses que se dirigían a Cadaqués. Ya estaba en Cataluña, si ya estaba allí, no se lo podía creer; pero era verdad. Se encontraba tan extraña, como flotando, y la cabeza la tenía espesa, y embotada. El autobús ya llegaba y Laura se montó en él sin apenas pensar. Hacía un día espléndido con un sol radiante; parecía que su pueblo le daba un buen recibimiento. Iba un poco adelantada en cuanto a la hora que le dijo a sus padres, seguramente no estarían en la estación, les daría una sorpresa. Cadaqués estaba más bonito que nunca, la luz del sol iluminaba las casas y les concebía unos tonos pastel preciosos. Eran las siete de la mañana del domingo, las calles estaban solitarias, sólo se escuchaban los pasos de Laura andando por una de las calzadas del pueblo. Mientras caminaba poco a poco, aspiraba aquel olor a antiguo que impregnaba a todas aquellas casas, que le producían una gran atracción. Si, por fin estaba en su hogar, aquel hogar que la había visto nacer y crecer. Estaba contenta de haber vuelto, ahora si que lo tenía claro, una nueva etapa le esperaba y estaba dispuesta a enfrentarse a ella lo mejor que supiera.
Llegaba a su casa, miró su balcón, allí seguían aquellas maravillosas macetas llenas de geranios rojos, y su puerta de madera, adornada con los grabados de dragones que recordaba perfectamente. Cogió la llave y lentamente abrió la puerta, subiendo muy despacio cada peldaño, sintiendo en sus pies el sonido de la madera con cada pisada que daba. Giró la llave , abrió la puerta y soltó la maleta, y con un gran chorro de voz gritó:
- ¡Mamá, papá, por fin estoy en casa, y esta vez, para siempre!.
Me ha costado, pero al final me he decidido a escribirte estas letras; no he podido acercarme a ti en ningún momento y después me he enterado que te han llevado al frente. De hecho, esto es lo
que me ha impulsado a dar este paso, y así no dejar que mis sentimientos quedaran solamente en mi corazón. Desde que te vi con tus compañeros en las fiestas del pueblo, tocando tu laúd, quedé impresionada por las notas que eras capaz de extraer de aquel instrumento. Tu música me hacía vibrar, era maravillosa; igual que tus gestos, y sobre todo tu mirada. Sí, tu mirada fue lo que me hipnotizó; aunque debido a la mala suerte no me fue posible hablar contigo. Ese día no tuviste ni un respiro; sólo estabas pendiente de tu orquesta y de que no le faltara la música a toda aquella gente. En esos instantes, ellos sólo pensaban en divertirse, porque todo volvería a la realidad cuando la fiesta acabara, a la cruel realidad. La guerra, la horrorosa guerra continuaba y cada vez necesitaban más hombres, así es que el pueblo se iba quedando desierto. Al final sólo habrá mujeres y niños, y no se sabe cuántos volverán de los que se hayan ido.
Espero que te llegue mi carta y te ayude a seguir adelante, para que pienses en tu pronto regreso y nos deleites con aquel sonido fantástico que sale de tu laúd. Y deseo que entonces aparques un poco tu instrumento, o bien se lo dejes a un compañero, para que podamos bailar. Mientras tanto, yo esperaré con ansiedad tu respuesta; que no me importará si es algo triste, lo primordial es que me llegue y yo te escriba de nuevo. Sí, ya sé que apenas me conoces de vista, y que lo más seguro es que nuca te fijaras en mí; pero eso no importa porque sé que pronto nos conoceremos y hablaremos de música y de tantas otras cosas.
Ansiando tu respuesta, se despide tu admiradora; quizá algún día algo más...
Con cariño, María
Carmen era una mujer fuerte, siempre había sacado su familia adelante cosiendo. Aquella máquina de coser aguantaba, vaya si aguantaba, a pesar de tanto trote. Una época bastante triste, justo acabada la guerra, en la que no se daban las condiciones adecuadas para que una familia pobre se ganara bien la vida. Era necesario trabajar mucho y eso es lo hacía Carmen, con dos hijos pequeños que no entendían lo que ocurría y solamente querían comer.
Aquella máquina era como una amiga para ella. Su rueda tenía un tacto tan suave que, cuando pasaba su mano sobre ella, sentía algo especial. Llevaban tantos años juntas que si alguna vez se estropeaba parecía que le cortasen un brazo; hasta que no se la arreglaban no se quedaba tranquila. Siempre que daba las primeras puntadas, un cosquilleo subía por su estómago, que no se le pasaba hasta acabar la primera pieza; no lo podía evitar.
Ahora su hija conservaba aquella máquina, y cada vez que la miraba se acordaba de su madre, cuando cosía pantalones y se pasaba horas y horas sin levantar apenas la cabeza. Fueron esos años de tanto trabajo que le produjeron aquellos dolores terribles de espalda que más tarde desembocarían en su muerte. Le traía tantos recuerdos, con su forma estilizada, su brillantez, que más que un instrumento práctico parecía una auténtica obra de arte. Y así la contemplaba, conservando una parte de su madre reflejada en ella, que perduraría toda la eternidad.
Esta es una propuesta del blog http://cornelivs.blogspot.com/,para manifestarnos por la solidaridad, durante el viernes. Yo me uno al "Manifiesto por la solidaridad".Ana llevaba bastantes días obsesionada con aquel cofre. Desde que lo descubrió en casa de su madre, escondido en aquel armario, no veía el día en que pudiera averiguar lo que había dentro. Estaba cerrado a cal y canto y nadie sabía dónde se encontraba la llave. Pasaban los días y, lo que es la casualidad, una vez, sin buscarla, limpiando detrás de aquel armario, allí apareció la tan deseada llave. Se acercó a aquel baúl y comenzó a abrirlo muy despacio. Lo primero que vio fueron unas cartas que se encontraban cubiertas por unos paños sedosos; y al fondo, muy al fondo, un collar de perlas. Cogió una de las cartas y empezó a leerla:
“Mi querida Isabel, no he podido escribirte hasta ahora porque las circunstancias no me lo permitían. No te preocupes, me encuentro bien a pesar de todo lo que estoy viviendo. He tenido que ver cómo morían muchos compañeros, sobre todo en la última batalla. La guerra es lo peor que hay; pero no nos queda otro remedio que luchar por nuestros ideales, supongo que lo comprendes. Espero que hayas pasado bien el día de tu cumpleaños, me hubiera gustado estar contigo; aunque no pierdo la esperanza de un pronto reencuentro. Supongo que alguna vez te habrás puesto el collar que te regalé, y si así lo has hecho, que te hayas acordado de mí. ¿Recuerdas cuando lo luciste en aquel baile?, estabas preciosa. Tengo aquella escena grabada en mi retina y me ayuda muchísimo a pasar los malos momentos.
Te deseo lo mejor y te añoraré con todo mi amor, tu Antonio”.
Ana se quedó observando aquella carta: ¿quién sería aquel Antonio del que nunca había oído hablar? Quizá fue un antiguo novio de su madre, que seguramente moriría durante la guerra civil. Su madre había encerrado aquel pasado; pero no enterrado; siempre lo había tenido a mano, aunque nunca lo volvería a recordar. Debía de ser muy duro.
Metió la mano en aquel cofre y la acercó a aquel collar, encerrado con todo el resto. Se imaginaba a su madre con él, con un vestido muy elegante, cogida del brazo de aquel hombre. ¿Cómo hubiera sido la vida con él? Nunca lo sabría; pero había sido precioso descubrir aquellas cartas e imaginarse su existencia si aquella historia de amor hubiera triunfado.