
PERDIDA EN LA GRAN CIUDAD
A Laura no le gustaba mucho ir en coche por Barcelona, el aparcamiento estaba fatal y además le costaba reconocer las calles; aquel día no tenía más remedio que decidirse y cogerlo, iba cargada de libros y material para las oposiciones, el camino lo conocía muy bien y tenía entendido que donde realizaban la prueba era posible aparcar. ¡Pobre ilusa! Nerviosa, pero animada en aquella jungla de asfalto llena de coches, agarra el volante con decisión y va sorteando a todos aquellos coches que parecen estar en una carrera de fórmula uno. En cada semáforo, los rugidos de los motores son atronadores, preparados para salir a toda mecha cuando éste se abre. El momento más fulgurante es cuando se cruza la calle Aragón con la Diagonal, hay tal cantidad de automóviles que asusta de verdad; aunque una vez pasa este obstáculo, todo va como la seda. Por fin ya está en la calle Carlos III y llega al centro. Sin embargo, ¡oh, desilusión!, el vigilante le indica la imposibilidad de aparcar dentro y que se busque la vida. ¿Y ahora qué? No tiene ni idea de dónde ir, y comienza su odisea por la gran ciudad; vueltas y vueltas, cinturón de ronda arriba, cinturón de ronda abajo, llega a la altura del campo del Barça, Ya no puede más, baja del coche y comienza a preguntar y preguntar. Después de tantas peripecias, consigue volver al punto de partida y, con una cara de lo más compungida, le pide al vigilante que le permita aparcar. Éste, tocado en su fibra sensible, se compadece y se lo permite.
Menos mal que, como dice el refrán: “Bien está lo que bien acaba”. El examen fue bien y para celebrarlo se fue con sus amigas a la Plaza Cataluña; en concreto a pasear por las Ramblas. Y después a relajarse en uno de los tantos chiringuitos que te encuentras a lo largo de ellas, allí se divirtió y acabó por olvidar toda aquella aventura, que ojalá nunca más volviese a repetir.



