ELLA
Este relato es un homenaje a todas esas mujeres que de una manera u otra se han convertido en heroínas anónimas, porque han ayudado a que poco a poco se vaya avanzando de cara a la igualdad. Parte de él es verdad, me lo sugirió una historia que explicó una señora en la radio el día de la mujer trabajadora, y pudo ocurrir así.
Allí por los años cuarenta, en un pueblo pequeño de la provincia de Córdoba, vivió una maestra llamada Lourdes. Le gustaba su oficio, enseñar aquellos niños vivarachos, que la miraban hambrientos por aprender. Su escuela no era muy grande, disponía de unos pupitres de madera oscura, cada uno tenía de un agujero donde descansaba un tintero que los niños hacían servir para escribir los textos y ejercicios que ella les mandaba. En cada pupitre se sentaban dos niños, de un total de doce, de diferentes edades y se aplicaban en estudiar las cuatro reglas que les servirían para defenderse en la vida. Un día cualquiera Lourdes iba revisando aquellos cuadernos, procurando que todo estuviera correcto, de repente se sintió mal y antes de que se diera cuenta cayó desmayada, los niños asustados no sabían que hacer, y uno de los más espabilados fue a buscar al médico del pueblo, cuando llegó había recuperado la consciencia pero no podía levantarse, entre varios hombres la llevaron a casa, pasaron los días pero el movimiento de las piernas no volvía, y llegaron a la conclusión que algo en su cerebro falló y afectó al sistema motor de las piernas. No sabían si recuperaría la sensibilidad de las mismas, se encontraba débil sin ganas de vivir; sin embargo poco a poco fue recuperando la energía y aunque le era imposible moverse, su única obsesión era volver a dar clase; en la escuela no iba a ser posible, pero ella no se desanimó y como eran pocos niños, les dijo a sus padres que los trajeran a casa, el aula sería su habitación, los padres respondieron y a los pocos días ya tenía montada la escuela. Los niños sentados alrededor de su cama, escuchaban con una mezcla de atención y admiración a aquella mujer, -que incorporada gracias a una serie de almohadones que aguantaban su espalda- les deleitaba con sus enseñanzas que transmitía más que con el cerebro, con el corazón, porque ella lo que tenía claro hacía tiempo, era que a sus clases no pensaba renunciar nunca. Desde su lecho fue enseñando a aquellos niños y niñas todo lo que sabía, más tarde se recuperó un poco y la clase la trasladó al salón y allí siguió, y pudo preparar a muchos de sus alumnos para ir al instituto. Cuando llegaban al mismo los profesores les decían:
-¿Quién os ha instruido tan bien?
Y los niños respondían:
_ La señorita Lourdes.
Pues debéis de estar muy orgullosa de ella porque tenéis tantos conocimientos que casi podríais ir a la universidad.
-Si que lo estamos y la queremos mucho.
Todos los maestros quedaban admirados ante la excelente preparación de aquellos alumnos, y más aun cuando se enteraban de su historia.





