Con
el pelo recogido y una gorra calada
hasta los ojos, tuvo suerte, pasó desapercibida para aquellos dos matones que
se quedaron en el mismo sitio donde estaban sin sospechar nada, mientras ella
desaparecía por la esquina contraria. La carta la había puesto a buen recaudo
en la caja fuerte que tenía en su casa detrás de un cuadro de Matisse, era
difícil descubrirla.
Escondido
en un edificio en ruinas, en una calle recóndita del casco antiguo de la
ciudad, se encontraba Jenaro, esperando ansioso noticias de Marta. Cuando llegó
se llevó una gran alegría y sobre todo
cuando le dijo que la carta estaba guardada en un sitio seguro, donde
difícilmente la encontrarían. El problema era que a Jenaro lo buscaban para
matarlo y no podía pasarse media vida en esas ruinas porque tarde o temprano alguien que no fuera ella
averiguaría su paradero.
No entendía como se metió en este lío, sin
comerlo ni beberlo, como este chico sin conocerla confió en ella, y lo peor,
como ella le siguió el juego. El caso es que ahora debía de seguir con todas
las consecuencias. Cuando llegó le dijo
que la carta la podía guardar poco
tiempo, porque dos matones la siguieron y sospechaban de ella, y en cualquier
momento podía ser descubierta. Jenaro la
tranquilizó y sólo le pidió que confiara en él, porque en el instante que encontrara al tipo que buscaba, le entregaría
la carta. De hecho estaba esperando una llamada de él, no creía que se demorara
muchos días, o al menos era lo que pensaba, y cuando eso sucediese, ella le devolvería
la carta para pasarla a manos seguras.






