LA FIEBRE DEL ORO
El paro llegó a aquella
casa, la madre, María, dependienta
durante veinte años, nunca se imaginó cuando empezó la crisis que su lugar de
trabajo peligraba; pero las ventas bajaron tanto, que la dueña, pequeña
empresaria, no pudo pagarle su sueldo y no tuvo mas remedio que despedirla.
Después el padre, Ramón, trabajador de una empresa de construcción, se había
ganado muy bien la vida; pero llegó la crisis y todo explotó, la empresa quebró y todos los trabajadores se
fueron al paro.
Lo ahorros se
acababan, y aquello no tenía pinta de arreglarse, no había trabajo y menos para
una persona de más de cuarenta años.
María entonces decidió vender aquello que más quería, sus medallas, collares,
regalos y recuerdos de sus padres. En los últimos años, las tiendas de empeño y
compra de oro, crecían como setas, y como dice el refrán: “A río revuelto,
ganancia de pescadores”. María con los ojos llenos de lágrimas miraba aquella
medalla que le regaló su madre, guardada como oro en paño, ¿cómo la voy a vender? Se
decía, la he tenido toda la vida, no es el oro, es más que eso, es mi recuerdo,
es mi vida; pero sino lo hago, no podré comer en pocos meses. Se debatió
durante largas horas entre su corazón y la razón, pero al final venció la
última. Por el camino diferentes individuos se le acercaban ofreciéndole
comprar su oro, era como una epidemia. Al final entró en una tienda, con las manos temblorosas sacó su tesoro y se
lo mostró a aquel individuo, que con aire distante miró la mercancía y le dijo a María:
-Le ofrezco 200 euros.
Ella lo miró y le contestó:
-
Pero, ¿si costaron mucho más?
-
Lo siento, es lo que le ofrezco.
María bajó la cabeza y accedió.
Salió de la tienda con el dinero
y avergonzada de si misma; pero… ¿Qué otra cosa podía hacer? Quizás más
adelante… Nunca se sabe.