UN CUENTO DE NAVIDAD
Era la primera vez que veía
aquellas calles iluminadas en navidad. En su país no se celebraba, y aquello
era muy bonito, daba alegría, no sabía como expresarlo. La gente sonreía más
que nunca, y todo porque era navidad. Lo que menos le gustaba, era las grandes
colas que se formaban en las tiendas, mucho consumismo, parecía que se agotaba
todo y que nunca más podrían comprar, realmente exagerado. Por otra parte, aquellos
pobres con los bolsos, colocados sobre un gran pañuelo, atados con unas
cuerdas, por si acaso venía la policía,
poder salir corriendo. Precisamente en ese momento eso mismo estaba ocurriendo; pero ellos eran más
rápidos, en un abrir y cerrar de ojos, todos los bolsos estaban envueltos y ya
habían desaparecido. Mientras aquello ocurría, me fijé en una cosa, una mujer de mediana edad
observó a uno de ellos, y lo siguió
hasta la estación de metro, donde todos
descansaban después de la carrera. Desde luego no le importó en absoluto que a
ella le pudieran multar, se acercó a aquel chico y le dijo algo al oído, le dio
dinero y…¡Se quedó con todos los bolsos! Los compañeros no daban crédito; pero
a aquel muchacho de color, ese día, 24 de diciembre, la vida le sonrió, y esa
dicha le duraría al menos unos cuantos
días. Subió las escaleras del metro con una sonrisa de oreja a oreja, y lo
primero que hizo es entrar en una tienda de ropa, comprarse unos pantalones
nuevos y un jersey de lana bien grueso, después se acercó a la zapatería y
también se compró unos zapatos nuevos. Salió con todo puesto, parecía otra
persona, lo que hace la ropa nueva. Y yo
pienso: ¿Para qué querría aquella mujer tantos bolsos? No lo sé; pero lo que está
claro es que hizo a aquel hombre feliz, y eso, no se paga con nada.
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