Aquel
verano fue muy especial para Laura. Acababa la secundaria y el viaje de fin de
curso a Ibiza la llenaba de ilusión. Estaba segura que sería inolvidable para
ella y sus compañeros. Tenían dieciséis años y las hormonas se encontraban en
plena ebullición.
Ya en el hotel con
sus amigas, las noches no eran para dormir, jugaban a cartas, y sobre todo
hablaban de los chicos que les gustaban y soñaban, con el primer beso. Poco se
esperaba Laura que ese chico lo conocería en el comedor del hotel, donde se alojaba
otro grupo de adolescentes. Uno de ellos, Pablo puso sus ojos en ella y ella en
él. Coincidieron en la sala de juegos, mientras Laura se entretenía jugando al
pin pong. Él se acercó y le pidió de jugar, enseguida su amiga percibió que
sobraba y se retiró discretamente. Le ganó y Laura se enfadó un poco; aunque
rápidamente se le pasó. A partir de ese instante, los momentos juntos fueron
incontables, hasta que llegó el momento de la despedida. Se juraron amor
eterno, y Laura lloró, lloró mucho, tanto que ya no le quedaban lágrimas que
sacar, y entonces, él le dio un beso dulce en los labios, un beso eterno, que deseaba
no se acabara nunca; sin embargo la realidad llegó como una losa, debía de
partir; aunque eso si, quedaron en enviarse cartas diarias contándose lo mucho
que se querían. Solo el tiempo diría si el amor sería suficientemente fuerte
para continuar aquella incipiente relación.
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