Laura se deslizaba con una facilidad pasmosa por aquella carretera
peligrosísima con una especie de trineo rarísimo. La verdad es que no sabía
donde se dirigía; pero se lo estaba pasando de miedo. Venían coches; aunque no
le importaba, porque los esquivaba con tanta destreza que no se podía creer que
era ella la que iba montada en aquel artilugio con ruedas. Siguió su recorrido
y la noche le cayó encima. No sabía donde se encontraba; sin embargo a
diferencia de otras veces no se sentía agobiada. De pronto paró en seco, había
visto algo que le llamó sumamente la atención. Colgada de un árbol por las
piernas, divisó a una chica que se columpiaba, era alucinante. Se acercó a ella
con curiosidad y le habló:
--Hola, ¿qué haces aquí tan de noche?.
--Relajarme-Contestó la chica.
--Pues tienes una forma muy curiosa de relajarte. Es un poco peligroso, y
además ya es de noche.
--Bah, no importa, vivo cerca. Todos los días salgo un ratito para tomar el
aire y meditar. A ti también te convendría, ¿por qué no pruebas?
--¡Uy! Soy demasiado mayor para eso. Seguro que me pegaría un porrazo.
--No lo creas, y de mayor nada, nunca es uno demasiado mayor. Venga,
anímate, ya verás BeEs muy fácil, yo te ayudo.
Entonces, me dejé llevar. Aquella chica me transmitía seguridad, y en menos
de un minuto me vi cabeza abajo. No me
dolía nada y estaba muy a gusto. Cerré los ojos y comencé a balancearme. Me
encontraba como en una nube y sonreía. Entonces oí una voz:
--Despierta, que se te han pegado las sábanas- dijo su marido.
Cuando estaba tan bien, va y le despierta
Le contó el sueño, y lo primero que dijo fue:
-Ni se te ocurra hacer nada de eso,
tendríamos que llamar a una grúa para enderezarte.
Y es que estos maridos, vaya ánimo que te dan. En fin, fue bonito mientras
duró.
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