Laura llegó del instituto como cada día. Su madre le había dejado la comida
preparada, solo debía de calentarla en el microondas. Cuando abrió la puerta, su
susto fue mayúsculo, un pulpo gigante salía de la cocina y estaba destrozando
el comedor. No se lo podía creer, creía que era una alucinación. Salió de nuevo
del piso, volvió a entrar y allí seguía, y esta vez miró donde ella estaba.
Puso rápidamente los pies en polvorosa y llamó a su madre que se encontraba en
el trabajo.
--¡Mamá, hay un pulpo gigante en nuestra casa que está destrozando el
comedor!
--Hija mía no me llames al trabajo para tonterías, bastante tengo yo.
--Mamá que es verdad, no puedo entrar y estoy sin comer.
Detrás del auricular se hizo el silencio, y al final la madre le dijo:
--Como no sea verdad, lo vas a pagar caro.
--Qué si mamá, que es verdad.
Al cabo de veinte minutos la madre llegó a la puerta de casa. Laura le
esperaba desesperada. Abrió con cuidado y lo que vio le dejó estupefacta, no
quedaba ni un mueble en su sitio, y los jarrones, platos y todas las
fotografías se encontraban esparcidas por el suelo. La madre abrió los ojos
como platos.
--Esto no puede ser verdad. El único pulpo que conozco es el que compré
ayer para hacerlo a la gallega y era cien veces
más pequeño, y además se encontraba bien muerto. Es imposible.
--Pues tenemos que hacer alguna cosa, sino nos quedaremos sin casa.
Al final llamaron a la policía, que al principio las tomó por locas; pero
ante la insistencia se acercaron y al ver aquella barbaridad, llamaron a
refuerzos, que al final con un dardo tranquilizante para elefantes, lograron
sacar aquella bestia de allí.
La broma les salió carísima, y desde luego a la madre de Laura nunca más se
le ocurrió comprar pulpo, ni para hacerlo a la gallega ni para nada de nada.
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