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sábado, 13 de septiembre de 2008
DE PASEO
domingo, 31 de agosto de 2008
Diario de un viaje
Decidimos ir en coche a Italia por varios motivos: Primero porque así nos sentiríamos más libres de movimientos y podíamos visitar diferentes zonas del país; el segundo motivo es que yo le tengo un miedo visceral al avión; no sé bien el porqué. El viaje era un poco largo, por eso tanto la ida como la vuelta la hicimos en dos días, parando en un punto intermedio: Niza. Ya que estábamos allí, fuimos a visitar Montecarlo. De verdad alucinamos con el casino y el personal que se acercaba a él con unos grandes coches que por supuesto no estaban al alcance de cualquiera. Paseamos por el barrio donde se encontraban las tiendas de grandes marcas, con unos precios inalcanzables para unos bolsillos como los míos, aunque como dice el refrán: “De ilusión también se vive”.
Al día siguiente nos dirigimos a Roma. Llegamos por la tarde y rápidamente orientamos nuestros pasos al centro histórico de la ciudad, con la ilusión de volver a ver aquella urbe que me encantó hace veintiséis años. Al acercarnos a la plaza de España un nudo de emoción me invadió, aquella fuente maravillosa y aquellas escaleras inmensas llenas de turistas. ¡Era espectacular!, apenas era el inicio, continuamos por las calles y ya desde lejos se oía el sonido del agua, que nos inducía a creer que nos acercábamos a algo fuera de los común. Y así fue, al doblar la esquina nos encontramos con una cantidad descomunal de personas que miraban de frente a ¡La Fontana de Trevi! Yo me acordaba ligeramente cuando vine la vez anterior; pero seguro que no encontré esa inmensidad de gentío. Eso me hizo pensar en cómo ha cambiado la vida y la sociedad, siendo todo más accesible para muchísima más gente.
Bueno, este día habíamos tenido muchas emociones, por lo que nos retiramos a descansar y retomar nuestra visita con renovadas fuerzas, que buena falta nos iba a hacer en la cola para visitar el Vaticano; menos mal que el tiempo de espera no fue muy largo. La verdad es que desde el momento que entras, ves que aquello es otra cosa, realmente te das cuenta del poder que ha tenido la Iglesia y tanta riqueza te aturde, aunque hay que reconocer que es un trozo de nuestra historia. Ahora, lo que verdaderamente me dejó sin habla e impresionada hasta la extenuación fue la Capilla Sixtina y en concreto el “Juicio final”, ¡es impresionante!, ¿cómo alguien pudo realizar una obra de tal magnitud?, todos aquellos cuerpos juntos, entrelazándose unos con otros, aquellas miradas de terror, la expresión de Jesucristo levantando la mano. Me imagino la cara de los pobres fieles en la misa observando ese mural, debían de sentir un gran espanto en sus cuerpos sólo de pensar lo que les esperaba.
Al tercer día decidimos hacer una buena excursión hasta Pompeya, una ciudad que conserva casi por completo su antigua villa romana. Es realmente sorprendente encontrar la historia viviente en los restos de aquella urbe olvidada. Se conservan casas de ricos, de pobres, y hasta por haber hay un prostíbulo. También es curioso observar como se conservan unos pasos de cebra. Estos consistían en unas piedras enormes por donde pasaban las personas cuando se inundaba la calzada. Parecía que habíamos retrocedido dos mil años.
En todos estos días dejé un poco de lado mi vena artística, más que nada porque no encontré el momento para ponerme a dibujar; pero después de ver tanta historia y monumentos, sentía una necesidad vital. Cuando volvimos de la excursión salí al balcón del hotel, cogí mi cuaderno de dibujo y comencé a esbozar un pequeño apunte de lo que veía desde allí, e incluso realicé unos bocetos de mis hijas. Comenzaba a sentir hambre de arte, ya que Roma está rodeada de monumentos, museos y sobre todo de pintores callejeros que se dedican a plasmar su visión de la ciudad para los turistas, tanto en blanco y negro como en color, con lo más significativo de la ciudad, por lo que una aprendiz de artista como yo no podía ser menos.
Uno de los grandes reclamos de Roma es su anfiteatro “El Coliseum”. A mis hijas les encantó, con este monumento pasa como con otros, vas caminando por las calles de la ciudad y de pronto aparece; pero en este caso es tan grandioso que llama poderosamente la atención. Después de aguantar la cola y ver por dentro y por fuera esta grandiosa obra hecha por el ser humano, subimos a una pequeña colina y desde allí, con una vista excepcional, me decidí hacer un pequeño apunte de este coloso. Enfrente de aquel espectáculo me sentí en otro mundo y trasportada dos mil años atrás.
Acabada nuestra estancia en Roma, nos trasladamos a Florencia. De camino pasamos por Siena, una ciudad considerada Patrimonio de la Humanidad. No me decepcionó en absoluto. Es una villa medieval que tiene un encanto especial. Su catedral es preciosa tanto por dentro como por fuera , ya que está decorada con piedra blanca y negra, que le da un señorío difícil de superar; al igual que la catedral y su Plaza Mayor, que con forma de concha te da claramente señales de que te encuentras en un lugar singular. Después de llevarnos esta buena impresión, llegamos a Florencia por la tarde. Al igual que en Roma nos dirigimos a su centro histórico y como en Siena nos llamó mucho la atención su Catedral o “Duomo”, como se dice allí; aunque nos decepcionó un poco al verla tan sucia por fuera. Después, observarla por dentro también nos dejó un poco parados; porque la austeridad es tan grande que se ve un tanto desangelada, sin casi decoración. Por la tarde fuimos a ver la galería de los Uffizi, donde quedamos impregnados de arte para todo el viaje. Fue un día bastante cansado y de mucho calor, tanto que el cuerpo sólo nos pedía agua y descanso. A diferencia de Roma, donde había tantas fuentes con agua muy fresca, aquí no pasaba lo mismo, el agua de las pocas fuentes que encontrábamos no estaba muy fría que digamos. Por las noches aprovechábamos para pasear por las calles e ir al puente Vecchio, donde a veces había actuaciones musicales. La vista excepcional del río Arno, los puentes y parte de la ciudad eran un paisaje ideal para plasmar aquella belleza en un pequeño apunte, fue un momento mágico. A mi hija pequeña le gustó tanto el cantante que volvimos todos los días. Mientras estábamos en Florencia nos acercamos un día a Pisa. Verdaderamente es curioso el montaje que hay al lado de los tres monumentos principales, el Baptisterio, la Catedral y sobre todo la Torre Inclinada. Es una zona donde se ubica una gran cantidad de chiringuitos vendiendo recuerdos; aunque lo más gracioso son las posturas que pone la gente haciendo ver que aguanta la torre para que salga una buena foto con ese efecto.
El último día vimos unos jardines preciosos que se llaman “Bóboli”. Se encuentran al lado del Palacio Pitti, segunda residencia de los Medici, los cuales tuvieron un excelente gusto en su construcción. Dimos un buen paseo y descansamos bajo unas excelentes sombras que nos daban algunos árboles del jardín. Esto nos sirvió para relajarnos un poco y sobre todo para soportar lo mejor posible el calor. El Palacio no lo vimos; pero lo que si pudimos ver fue la primera residencia de los duques, “EL Palacio Vecchio”. Fue muy interesante porque nos enseñaron los pasadizos secretos por donde se movían los Medicis, aparte de la suntuosidad que de por si tienen todos los palacios y que fuimos descubriendo sala por sala. Con esta visita dijimos adiós a Florencia y nos fuimos de camino a Venecia. Antes de llegar a nuestro destino decidimos hacer un alto en Verona. A mis hijas les hacía gracia visitar la ciudad donde transcurre la historia de Romeo y Julieta. No estuvimos mucho tiempo, vimos la casa de Julieta y al dirigirnos a ella pasamos por un callejón que estaba lleno de mensajes de amor de todo tipo. Al final del callejón se encuentra una estatua de Julieta, donde todo el mundo se hacía una foto de recuerdo. También visitamos un anfiteatro romano que dicen que es el segundo en el mundo más grande después del Coliseum, y desde luego que impresiona. Al igual que Siena, Verona es una villa que tiene su encanto. Después de comer nos dirigimos a Mestre , que es un pueblo que está muy cerca de Venecia y era allí donde teníamos nuestro hotel. Desde ese lugar cogimos un autobús que nos dejó en la Plaza Roma de Venecia. ¡Qué voy a decir de Venecia!, es una ciudad diferente de las demás, sus canales, sus puentes, hacen que posea una singularidad difícilmente superable. No ha perdido su encanto; pero a su vez se nota que sólo vive del turismo, tiendas por todas partes y restaurantes por doquier, con unos precios que te lo tenías que pensar dos veces antes de entrar. Vimos pocos monumentos, la iglesia de San Marcos, con sus reminiscencias árabes que la hacen única, y el palacio Ducal, que como todos los palacios tienen esa suntuosidad majestuosa que te convierten en un pequeño grano de arena ante esa grandiosidad imponente. También, como no, fuimos a Murano, el paraíso de las compras de vidrio, donde como casi todo el mundo caímos en la tentación y compramos algún pequeño recuerdo. Cogimos muchos autobuses públicos, que en este caso eran los llamados “Vaporetos”; pero no disfrutamos porque iban tan llenos que no te dejaban contemplar el paisaje.
En Venecia yo sabía que las ganas de dibujar se iban a multiplicar, así que aprovechando que mi familia fue a hacer unas cuantas compras, yo me senté en una escalera con final en un canal y me puse a dibujar lo que tenía delante de mis ojos: una casa, el canal, un puente al fondo y los edificios que se divisaban en los laterales. Mientras dibujaba iban pasando lanchas y lanchas, lo que aprovechaba para tomar un pequeño apunte de alguna y darle un poco de más vida al boceto. En ese momento me sentía muy feliz, disfrutando de ese trozo de cielo que para mí era aquel canal.
Y ya se acababa nuestra estancia en Italia. Regresamos a casa, e igual que en la ida pasamos la noche en Niza. Y ya que estábamos allí, aprovechamos para ver su puerto y sus barrios. En el puerto descubrimos unos barcos que eran verdaderas casas flotantes. Estaba claro que eso no lo tenía cualquiera Después del puerto nos dirigimos al barrio viejo, donde encontramos tiendas de todo tipo para el turismo, que realmente está por todas partes, aquí también se notaba. Después volvimos sobre nuestros pasos por el puerto hasta el hotel y por fin al día siguiente llegamos a nuestra casa.
De todos estos días he sacado una buena impresión, los hemos aprovechado bien y hemos visitado muchos lugares, lo que nos ha dado una buena visión de Italia, sus monumentos y su cultura.
lunes, 28 de julio de 2008
LA MUSA DE LA INSPIRACIÓN
No puedo dejar de pensar en tantas cosas que tiene la vida, unas buenas y otras malas. A veces dominan unas y a veces otras. Cuando eres pequeña se imponen las primeras, y cuando te vas haciendo mayor, las segundas.
Yo siempre he creído que todo lo malo tarde o temprano se ha de pasar y siempre sucede por algo, que te ha de servir para tomar nota y aprender alguna cosa, aunque no se sabe bien qué es. Lo que está claro es que después de una vivencia dura, si miras la parte positiva creces mucho como persona. Ahora me estoy acordando cuando tuve mi segunda hija, fue una experiencia preciosa y durante dos años me entró una fiebre creativa tremenda, cogía los pinceles y no paraba de pintar. Probé técnicas nuevas para mí, pinté con acrílico sobre madera, componiendo montajes con tableros de diferentes medidas, uniendo unos con otros de manera que se podían cerrar y abrir formando una creación muy curiosa. Hice varias exposiciones, me sentía feliz y viva, muy viva. Me gustaba lo que realizaba y cada día sentía más ganas de emprender nuevos proyectos. Mi hija me daba esa energía. A ella también la dibujaba: en su cochecito, dormida, poniendo caritas...; en fin, de todas las maneras. Tenía mucha ilusión porque le encontraba mucho sentido a lo que hacía y mis amigos, amigas y familia me animaban a que continuara por ese camino. Pero, como todo en esta vida, cuando la subida es tan fuerte la bajada lo es más; y eso es lo que me sucedió, la inspiración se acabó y las ganas también, volví a la pintura clásica y de momento no me ha vuelto esa energía creadora.
Estoy en una época de mucha más tranquilidad; aunque nunca se sabe, en cualquier momento puede volver a pasar la musa de la inspiración, hasta entonces seguiré trabajando para que no me encuentre de vacaciones y piense que ya no la necesito.
viernes, 18 de julio de 2008
SIN UN ADIÓS
Un silencio sepulcral rodeaba aquella estancia, se podía cortar con un cuchillo y la soledad invadió aquel cuerpo hundido en la miseria. Sentado en una silla solitaria, en medio de la habitación, la vida no tenía sentido. ¿Qué haría ahora? Su mujer le había dejado de un día para otro y no entendía el porqué. No lo podía concebir y sobre todo lo que no comprendía era la falta de sensibilidad que mostraba, despidiéndose como se dice vulgarmente “a la francesa”, con una simple misiva en la que mostraba un considerable disgusto ante la actitud que él exhibía últimamente. Una actitud que según ella era de un desprecio inaguantable. Pero, ¿Cómo podía decir esas palabras? No era verdad, él vivía por ella y la quería con toda su alma. No entendía nada, ¿de quién hablaba? No se reconocía, imposible que hablara de la misma persona. Recordaba cuando se casaron, ¡Eran tan felices! ¿Qué pasó entonces? Con las manos tapándose la cara llora desconsoladamente. Llevaba dos horas en aquella silla y no se podía mover, esperaba que ella se lo pensaría y volvería; aunque en el fondo de su corazón sospechaba que no la vería nunca más. ¡Dios mío!, ¿Qué iba a hacer ahora?, sin Laura no era nada; su otra mitad, la mujer de su vida.
¡De pronto se levantó de un salto y decidió sin más ir a buscarla! Fue a casa de sus padres, estos no sabían nada, era la primera noticia que tenían, se quedaron estupefactos y él ahora sí que no comprendía nada. Si ni sus padres conocían su paradero la cosa era seria; pero lo que estaba claro es que se había ido, porque la carta era muy concreta en ese aspecto. Era extraño que se hubiera marchado desvinculándose de todo el mundo. Todos los días la buscaba, removió cielo y tierra, pero no apareció, y al final se tuvo que rendir.
Después de meses en los cuales sólo había en su vida una obsesión, la venda se le cayó de los ojos y decidió volver a su vida y empezar de nuevo. Poco a poco la imagen de su mujer se fue desdibujando. Y cuando ya la creía olvidada, un día de camino a su trabajo la vio en una esquina y entonces se dio cuenta que sus sentimientos seguían intactos. Una oleada sin freno lo invadió, dejándolo prácticamente paralizado. Cuando se encontró en condiciones se dirigió a saludarla y ella se quedó muy sorprendida al verlo. Le contó que después de aquel día necesitaba alejarse del mundo y estar sola, se marchó a un país muy lejano, donde encontró lo que él no le podía dar, necesitaba libertad y allí estaba, se sentía libre y bien consigo misma. Le deseó que fuera muy feliz y desapareció. Entonces también él se sintió liberado, la entendió un poco más; pensó que había sido bastante egoísta; aunque a partir de ese momento decidió que no valía la pena pensar más en esa persona y no le guardó ningún rencor.viernes, 4 de julio de 2008
EL LIBRO
La sala de espera estaba desierta, se sentó y se puso a leer un libro de bolsillo. Pronto se sintió inmersa en aquella historia y no se dio cuenta cómo la estancia se iba llenando de gente. Salió la enfermera y comenzó a decir los nombres de los pacientes que habían de pasar; pero ella seguía leyendo y no se inmutó. Uno a uno fueron entrando a la consulta hasta que al final sólo quedaba ella. La enfermera, con su mirada fija en aquella señora, le habló:
-Señora, señora...
La enfermera increpaba a aquella mujer completamente invadida por el libro. Al no contestar, decidió acercarse. Le tocó el brazo y fue entonces cuando reaccionó:
-Pero, ¿qué?
-Ya han entrado todos los pacientes y usted sigue aquí.
-¡Ah!, ¿es que había más gente?
-Claro, la sala estaba llena. Usted, ¿no va a entrar?
-Sabe qué, volveré otro día; ahora sólo me interesa acabar esta historia y saber el final.
La enfermera se quedó perpleja y la mujer desapareció.
miércoles, 2 de julio de 2008
Las locuras de mi vida
-Voy a Manresa.
- Suba que le acercaré.
Ya dentro del coche me comentó que se había fijado en mi cartera y se había supuesto que era profesora, por lo que se decidió a parar. Yo le di las gracias y pensé que después de todo no había ido tan mal eso de hacer autostop; aunque en principio no lo volvería a intentar.
Como veis no tengo unas locuras muy locas, ya que quien más y quien menos le ha pasado algo así. Lo que si está claro es que si que me gustaría hacer alguna locura que nunca me he atrevido, por ejemplo decidir un día que quieres ir a París a celebrar mi aniversario de boda cenando en la torre Eiffel y volverte ese mismo día en avión, y aunque a mí me da mucho miedo el avión , un día es un día. Lo que nos pasa casi siempre es que nos pensamos muchas veces las cosas y no realizamos todo lo que nos gustaría hacer. En fin, aparte de esto que he comentado no tengo muchas ganas de hacer locuras, supongo que me hago mayor y me he serenado.
martes, 1 de julio de 2008
Un rincón inolvidable
Allí, en lo alto de aquella montaña me sentía tan pequeña... Miraba, y todo eran cadenas de cordilleras inacabables. Cogí mis pinturas y empecé a plasmar lo que veía, aunque me iba a resultar imposible reproducir tanta maravilla junta: tantos colores..., matices...; tantos, que probablemente me iba a quedar corta. Me había traído las acuarelas, una técnica para la que me bastaba un poco de agua, un bloc de dibujo y unos pinceles. Empecé primero por los tonos oscuros, sombras, tierras, azul de Prusia; y después los claros, azul cyan, verde esmeralda, ocres amarillos. Poco a poco aquello iba tomando forma. Al lado mío, mi hija, que entonces contaba con siete años, se puso a imitarme y también intentaba dibujar lo que veía. Se lo pasaba de fábula mezclando todos los colores e impregnando el papel con toda clase de tonos imitando los árboles, las montañas y alguna casa aislada que se divisaba en primer y segundo plano. El día aparecía despejado, sin apenas nubes, el cielo mostraba un azul intenso muy parecido al agua del mar cuando está limpia y cristalina. Yo no sé muy bien qué es la felicidad; pero en ese momento creo que la sentí. Me encontraba sumergida, como aislada del mundo, totalmente arrollada por unos sentimientos que surgían de mi interior y afloraban como una cascada hacia el exterior de mi persona y me empujaban a querer expresar aquella emoción de alguna manera; y qué mejor que con lo que sabía hacer, la pintura. Estaba absorta en aquella creación que salía de mis manos. Los árboles tomaban forma y volumen, el esqueleto de las ramas se incrementaba hasta completar toda la estructura. Con un pincel más pequeño daba unos pequeños toques que intentaban imitar las hojas que cubrían el ramaje. El primer plano ya estaba listo y ahora tocaba pintar el segundo. Intentaba encontrar aquellos colores más neutros y más agrisados, para que todas las montañas y árboles de este plano se alejaran y no restaran importancia a todo lo que teníamos más cercano. Me sentía bien, estaba consiguiendo encontrar los matices y tonos adecuados para representar la atmósfera y el ambiente que me rodeaba. Tan absorta en mi trabajo, apenas miraba el de mi hija que, como yo, disfrutaba de aquella experiencia tan singular; para ella representaba todo un divertimento y con él se encontraba completamente ensimismada. Después de mirar varias veces mi obra, por fin decidí darla por concluida. Me alejé un poco del cuadro y me sentí satisfecha. Verdaderamente el ambiente que me envolvía había quedado reflejado en aquel cuadro. Mientras yo observaba con satisfacción la labor realizada, mi hija me tocó por detrás y me dijo: —Mamá, yo también he acabado. Cogió su cuadro y lo puso al lado del mío. Lo miré y mi sorpresa fue inmensa. No podía ser, aquello sí que era una obra de arte. Los colores, sí, los colores con que mi hija había plasmado el momento conseguía reproducir todo el ambiente mágico de esas montañas que nos rodeaban. No se veían árboles bien hechos, ni cordilleras perfectamente delimitadas; aunque no hacía falta, ni mucho menos, los trazos y matices conseguidos nos daban una idea clara del lugar donde nos encontrábamos. Felicité a mi pequeña, cerré mi bloc y cuando llegué a casa le puse a su cuadro un precioso marco y lo colgué en mi habitación. Cada vez que empieza un nuevo día, miro aquella obra y me acuerdo de aquel rincón precioso que nunca, nunca olvidaré.