
CONVERSACIONES CON DIOS
Dios mío, tengo muchas cuestiones en la cabeza que quisiera me resolvieras;
aunque no estoy muy segura que me las puedas contestar todas. Ya sé que tú eres Dios
y yo una simple mortal; pero como mis preguntas son simples quizás tus respuestas
también se puedan acercar a mi comprensión.
Dios, con voz profunda le respondió:
—Bien, pregunta; aunque no te garantizo que mis respuestas te dejen contenta.
—Me gustaría saber por qué existen muertes tan injustas.
—Mira, hija mía, todos venimos a este mundo con una misión que se debe cumplir
a corto o a largo plazo. Una muerte puede parecer injusta, sin embargo esa persona de
bien seguro ha cumplido con lo que ha venido a hacer en el mundo. Es algo que para ti
es difícil de comprender, pero todos tenéis vuestro destino escrito.
—¿Incluso los niños?.
—Si, ellos también vienen con una misión debajo del brazo. Es verdad que es muy
duro para sus padres; pero ese niño sigue estando con ellos, en otro plano, es verdad;
aunque seguirá guiándolos en toda su vida. Tú ya sabes que esta vida es un tránsito
hacia otra que será eterna.
—Ya, pero tienes que entender que los humanos nos aferramos a lo que podemos
tocar, si lo que me dices no se toca, es poco creíble. Si está en otro plano, su acceso es
imposible.
—Es verdad, sois tan materialistas... Es lo que os pierde, os quedáis en la
superficie. Por eso yo te digo una cosa, tú busca y encontrarás; pero no fuera de ti, sino
dentro. Con constancia y tenacidad, primero conseguirás encontrarte a ti mismo, y
después me encontrarás a mí.
—Ya, eso es muy fácil de decir y difícil de hacer.
—Nadie dijo que la vida fuese fácil.
—Bueno, otra pregunta. ¿Y las guerras? ¿Tú no puedes hacer nada?
—Yo no he de intervenir en nada vuestro. Esas guerras las provocáis vosotros. Por
el egoísmo, el poder, la ambición y la soberbia. Debéis luchar por evitarlas, no habéis de
desfallecer. Piensa que he enviado muchos mensajeros, Jesús, Gandhi y tantos otros;
pero vosotros los humanos los matasteis, hay mucha perversidad en vuestras mentes, el
mal disfruta de mucho poder y mucha capacidad de convicción; en cambio el bien, ser
buena persona, no atrae, a veces se confunde con ser tontos. No, yo no puedo intervenir.
—No lo entiendo. Tú, ¿no tienes poderes? A veces los haces servir.
—Pocas, y nada más en caso de necesidad extrema; pero como puedes comprobar
no tengo por eso más adeptos. No, yo os dejé aquí para que construyerais un mundo
mejor; aunque las cosas no han salido del todo bien; sin embargo, no pierdo la
esperanza, sé que unos cuantos de vosotros lucháis y tarde o temprano recogeréis los
frutos.
—Vale, no lo acabo de entender; sin embargo creo que no me queda más remedio
que asumir lo que nos ha tocado vivir, y ya que tú no nos ayudas mucho, intentaré poner
mi pequeño grano de arena para cambiar este mundo, aunque sea un poco.
—No te preocupes, cuando estés cansada de vivir, piensa en mí y yo te daré la
fuerza para continuar en la lucha de cada día.