LA CUEVA
Mis amigas prácticamente me obligaron a entrar en aquella especie de
agujero cueva que había muy cerca de la escuela. Yo era muy miedosa; pero en
esos momentos una fuerza empujaba de mí. Ataviadas con alguna linterna -que cogimos
prestadas de nuestros padres-, nos adentramos en aquel horrible lugar.
Andábamos despacio, notando como nuestros zapatos crujían pisando ramas y
rastrojos. Ya no se percibía el exterior, la obscuridad nos atenazaba. Unas a
las otras nos animábamos; pero con la boca pequeña, todas estábamos muertas de
miedo. De pronto, una iluminó a la pared y apareció una especie de esqueleto,
otra dijo que vio una sombra que corría. Sea lo que fuera, salimos todas
pitando de aquel lugar. Las piernas nos temblaban, los sonidos se acrecentaban
más, pisábamos agua, ramas y otras cosas que preferíamos no pensar que eran.
Tanto corrí que perdí una zapatilla en el camino; sin embargo no me importó,
por fin el aire libre. Nos miramos, el sudor se derramaba por nuestras caras
como un manantial, habíamos pasado un susto de muerte.
Días después nos enteramos, que
el esqueleto era de un perro muerto, sin embargo a nosotras no nos lo pareció,
y lo de la sombra fantasma, estoy segura que si que lo era. Desde luego se nos
quitaron las ganas de volver a intentar tal peripecia, ya lo probamos una vez y
desde luego no nos gustaron nada las sensaciones que tuvimos; pero nada de
nada.
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